6 sept. 2018

Otelo, #morodevenecia

Otelo la noche y Desdémona, el día. Imagino que por eso la visten de blanco pureza. Este fin de semana fui a verla a sagunt. Me encanta este Festival, llevo varias este verano. Hasta ahora lo que más me ha gustado es subir la cuesta y perderme entre la piedra para buscar mi asiento. Mérida no tiene esta subida. El espectador sube y los héroes en el escenario caen. Ritual necesario. También sabes que la obra por muy mal que esté montada el texto resiste y puedes ir a trabajarlo igual que un informe en la oficina. Esta resiliencia de la obra de arte se la oí a Victoria Camps hace unos años. Coges la novena, la tarareas, y por aunque desafines te la reconocen. Pero Otelo, el moro de Venecia. No va de celos, que los hay, ni del maltrato femenino (el respetable hablaba de violencia de género a la bajada) Va de una caída, tema recurrente en Shakespeare. Una caída política. La de Otelo. Otelo desciende y desciende, como Lear, como Gloster, como Macbeth. La forma de lucha política más eficaz es destruir moral y de imagen al líder (Manuel Castells dixit) Insertar negatividad, limar vínculos de confianza. A esto se dedica Yago. Y con esta idea motriz pues cerré los ojos a ratos, y pensé en la redes sociales y en Yago. Yago… quién lo pillara… un Donald Trump manierista que con sus tuiters verbales extiende una mancha difícil de quitar: el bulo. Yago diseminando información gráfica y visual a lo largo de toda la obra. Trabajando en red, como una araña tuitera:

Yago (…) y una red construiré, con su propia virtud,
donde todos queden atrapados

Dañando el binomio honor/reputación, tan ambiguo. ¿Nos importa hoy la reputación pública? ¿Acaso no votamos a los nuestros, sin honor y corruptos, pero a los nuestros?

Yago (…) ¡Reputación! ¿Para qué sirve? Consíguese sin más mérito y piérdese sin merecerlo…

Cassio Mi honra, mi reputación… He perdido mi nombre, lo que más preciado me era, lo inmortal. Ya soy como las bestias… ¡Yago! ¡Mi nombre! ¡Mi reputación!

Otelo, la tragedia donde Yago consigue colonizar las palabras…

Yago Resultáis muy severo como moralista: considerando el momento, lugar y circunstancia en la que este país se halla (…)

Esta la podéis tuitear. Seguro que os encaja si en alguna conversación si habéis bajado al fango de las redes sociales.

¿Otelo para qué quieres datos, el pañuelo de Desdémona, si lo que más convence son los mensajes emocionales? Para Otelo la incertidumbre es la única verdad fiable mientras va cayendo.

Yago (…) Feliz es el engañado
que acepta su destino y desprecia a quien le robó
su honra. Infortunio tiene quien ama, sin embargo,
Y además sospecha; quien sospechando, ardiente ama.

Apagado el tuiter de Iago, a Otelo no le salvarán más que las bellas palabras. Intenta recomponerse y escapar de la red arácnida en que le metió Iago, embelleciéndose por dentro.

Otelo (…) hablad de mí tal como soy. No excuséis
ni agravéis mi culpa por rencor. Hablad
de alguien que amó torpemente, pero amó demasiado.

Todos mueren, nadie gana. Las grandes tragedias necesitan sangre. Quedan las palabras y el uso que hacemos de ellas.


de la web de Jorge Pico






Edipo, la vergüenza mora en los párpados


Vino Broggi con su banda a Sagunt. Su primera vez. Espero que vuelvan. He dicho banda porque Oriol tiene esta cualidad tan necesaria en los directores, crear comunidad teatrera (Carles Martínez, Ramón Vila, Mercé Pons…) También cumple la segunda regla de oro para los dires: aunque te mueras de gana no montes un clásico hasta que no tengas el actor o la actriz que pueda encarnarlo.

Aquí Edipo es Julio Manrique. No tiene antagonista. No hay Yago frente a Otelo, u Ofelia frente a Hamlet. Edipo está solo y el resto de personajes y el coro van apareciendo como en una investigación, o como en la consulta de un médico que, sin saberlo, ausculta su propia enfermedad. Es Edipo quien lleva el juego. Juega a lanzar un búmeran que le estalla en los ojos. Soy Edipo el que resuelve adivinanzas. Póngame una y ocupen sus localidades.

Broggi y Manrique ya hicieron juntos Hamlet e Incendis. Ahora, vuelta al calcetín. Hamlet sabe pero no puede  actuar y Edipo, que no sabe, actúa. ¿Qué somos hoy en día más Hamletianos o Edípicos? Creo que manda Hamlet, manda el individuo y su conciencia. Estamos llenos de información, sabemos que sabemos y aún así nos inunda la indiferencia, que es lo que mejor globalizamos. Y jugamos al golf mientras los emigrantes saltan la valla en Ceuta o apenas nos movemos centímetros de la toalla cuando llega una patera en medio de nuestro veraneo. ¿Qué hace falta para que nos sacudamos la inacción, el complejo de Hamlet? La información no es conocimiento, ni sabiduría. Edipo también la tiene, se la da Tiresias, que le advierte al principio de la obra. Pero no le hace caso.

Tiresias ¡Ay, ay! El saber qué tremendo es cuando no reporta beneficio al que sabe.

Vamos al final de la obra. Edipo, el niño abandonado, hijo del azar, que cree matar en legítima defensa descubre que es un parricida. Edipo casado gracias a su gloria descubre que ha cometido incesto. Yocasta madre y esposa suya, se suicida. ¿Habrá hombre más desdichado? ¿Por qué no se suicida él también en vez de arrancarse los ojos? ¿Y por qué entra ciego y avergonzado? ¿Qué es estar avergonzado hoy en día? Pues es lo menos moderno del mundo, tener vergüenza. Y no me pidáis ejemplos de desvergonzados.

Edipo (…) no es honroso aludir a hechos que tampoco es honroso realizar, ¡por los dioses!, escondedme cuanto antes en algún lugar lejano, o matadme o arrojarme al mar (…)

Morir o no morir es lo que se plantea Hamlet. El ser es algo y lo sopesa. Y a partir de ahí se va consumiendo en su interioridad.

Hamlet (…) Morir, dormir…
Nada más; y decir que con un sueño
damos fin a las llagas del corazón
(…)

Edipo no sopesa nada, Edipo descubre y se parte como una caña al viento. Se rompe y aquí está lo trágico. No hay autoconciencia sino revelación. Como en la religión, la verdad es revelada. Edipo se duele, se duele de su cuerpo y en su dolencia intenta trazar un sentido.

La obra empieza con el brillante Edipo, casi sobrehumano, resolviendo un el enigma de la esfinge y acaba con un mortal ciego, infrahumano, que ha descifrado el suyo para que nosotros entendamos que siempre hay cierto grado de incomprensión que nos hace más humanos.   “Lo que es terrible produce mucha vacilación” dice el mensajero de Antígona. En un mundo que suma y acumula récords, fortunas, que suma carne y dispositivos electrónicos (teléfonos móviles como prótesis, poniéndonos en modo precyborg) Edipo resta, y se vacía los ojos. Yocasta muere fuera de escena. Desaparece. Como si no fuera capaz de reconocer que ya no es persona. Edipo no. Ahora estamos más acostumbrados a desaparecer: adiós al grupo de whatsup o al de facebook. Pequeñas muertes virtuales. Cuando los compromisos son menores, es más fácil desaparecer. Edipo no desaparece, se presenta ante el público doliente, puro lamento. Yo personalmente necesito ver la máscara sin ojos del rey hundido. ¿Qué queda de la persona sin su máscara?

Te descubrió, pese a tu oposición, el tiempo que todo lo
comprueba
.

Se lo dice el coro a Edipo. ¿Qué tiempo? Al parecer en griego se decía de dos maneras incompatibles. Lo explica muy bien Agustín García Calvo. Una es aión que es el tiempo eterno, el tiempo entero, en el que no pasa nada porque todo está pasando. Y luego está khrónos, el tiempo del baile, el del ritmo, el de la sucesión de los momentos. Esta distinción la hemos perdido. ¿Qué tiempo reina ahora? Ese que ha secuestrado a la política a cambio de unos intereses económicos que viajan a toda velocidad. ¿Qué es lo que tenemos que extirparnos para que vuelva la política a la ciudad? Sin dolor no hay compasión y sin compasión no se piensa alto y hondo. O en palabras del filósofo Simon Critchley “La Tragedia es un fracaso gracias al que se gana sabiduría”